Se le había dificultado poner la polea en la máquina de moler, la banda era nueva, y sus manos frágiles, aunque acostumbradas a los oficios de la casa, pero la condenada polea insistía en no encajar en el piñón, hasta que sintió que su falda se le despeñaba por la pierna...

 la mano de su hijo pequeño la había agarrado con fuerza, pero la mujer se limitó a apartarlo. Mamá, gritó. Vete a jugar, ahora mismo estoy peleando con esta condenada, le dijo sin perder la paciencia. Mamá, el hijo de la vecina cayó en la alberca y no pude sacarlo. la mujer languideció y estiro la banda tanto como pudo, alcanzó a llevarse al niño por delante solo para darse cuenta que ya no había nada que hacer.  Sacó el cuerpo hinchado. Mamá, volvió su hijo: si quieres voy a llamar a doña Ester para que sepa que Juan Manuel estaba de travieso.

La mujer dejó el cadáver del niño en el suelo. Si le decimos eso va a pensar que es culpa mía y quizá me metan a la cárcel. Meditó esto con la misma tranquilidad que la caracterizaba; mandó al niño por una pala, cuando regresó ambos se dispusieron a hacer un hueco pequeño al pie del naranjo al fondo del patio. Esteban sacó el balón que había sido objeto de la discusión, miró a mamá y lo puso al pie de Juan Manuel, además de unas cuantas canicas, trompos y cartas. ¿Seguramente ya debe estar jugando en el cielo, cierto mamá? La mujer cavaba con fuerza, como fue eso, preguntó, y no quiero ninguna mentira culicagado. A lo que el niño respondió que había sido culpa de Juan Manuel, porque quería demostrar que era mejor nadador, cuando me pidió ayuda para que lo sacara, pensé que se estaba burlando de mí; después dejo de moverse.

Supo que su hijo estaba mintiendo, tanto como lo había hecho su padre durante años, claro, de tal palo tal astilla. Cuando pusieron el cuerpo del niño en el hoyo y le echaron tierra, la mujer pensó que todo esto le traería más problemas porque, se había puesto rabiosa, sudando, pero entonces termino de aplanar la tierra con tres golpes de la pala y a poner algunas hojas secas con el rastrillo. Cogió al niñito del brazo y le quitó la tierra de las manos en el baño, luego sirvió la comida, consciente de que Ester aparecería preguntando por su hijo, pero ella tenía la buena fortuna de que su hijo había estado en varias casas distintas a la suya, puesto que se les había prohibido la amistad de ambos. La mujer recordó este último punto, miró a su hijo jugar con la sopa, y él le sonrió cuando se encontró con sus ojos.

 

 

 

                                                                                                                                        Luis Javier Herrera Rincón

                                                                                                                                 Estudiante de Licenciatura en Literatura                   

                                                                                                                                              Univalle caicedonia

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