“-Ando aturdida, turco. Me estoy muriendo sin darme cuenta –comentó.”

EL HUESPED DE LA MAESTRA

Isabel Allende

Su espalda se desliza verticalmente por una de las paredes de...

esterilla; quiere aguardar sentada en la butaca que esta recostada a un lado de la ventana tupida de tablones encorvados. Resbala su mirada por uno de los cordones de luz que se filtran por el agujero de una de las abrazaderas de alambre que sostienen el techo de latón.

-Estos quince minutos me han parecido dos horas y media –piensa después de unir el prendedor de cuero a la correa de su viejo tacón. Luego continúa mientras pasa las hojas que recibió el día anterior:

-Estoy segura de haber leído esto antes –dice.

 El fleco de luz sigue deslizándose. Alguien abre la puerta.

-¡Reinaldo!, por fin haz llegado, vámonos. –dice la mujer parándose con firmeza de la butaca y arrojando al suelo las hojas que sus manos sujetaban.

-¿Cual es su nombre? –pregunta Reinaldo con un movimiento estable de cabeza.

-María Isménia Aricapa –dice despreocupada. Luego continúa:

-Reinaldo, podrías enviar estas cartas –dice recogiendo algunas que están bajo la sillas -.Traerme más hojas y un lapicero, el que me diste se  acaba de terminar.

-No, su nombre es: Ofelia Zayas. Y sí, yo las mando. Además tiene correspondencia en la otra habitación, también se la traigo, pero tiene que esperar.

-Que tontería… “Ofelia Zayas” –piensa.

-Ofelia, espéreme un par de minutos más –interrumpe el hombre desde el quicio de la puerta con tono reposado.

-No te puedo esperar más, tengo obligaciones. Te haz pasado toda la tarde diciéndo lo mismo: “espéreme un par de minutos más”. Y ya van como dos horas y media. De hecho, ni siquiera se por que estoy aquí, no me lo haz dicho

-Embustera, van quince minutos nada más. –responde el hombre dando la espalda a la mujer

-Está bien, pero no tardes. Si tardas más de lo convenido, me marcharé y…

-Sí, sí; no tardo.

El hombre se marcha por la puerta. La mujer recoge del suelo un puñado de tierra y la pasa de una mano a otra e inmediatamente después esta sentada en la butaca.

-Quince minutos... Ofelia Zayas… -murmura cuando el cordón de luz, casi imperceptible, se sacude.

La pulsión de la tarde y las partículas de polvo caen sobre el suelo. Bajo el vaho apagado de las sombras se acunan los latidos de un perro que anuncia una visita remota. Los últimos rayos de sol prometen una noche fría; los arboles que rodean cada uno de los costados externos del cuarto se apresan al silencio melancólico de la oscuridad en cien sonidos de espesura, y ya maduran  los inaugurales temblores de la noche.

Alguien abre la puerta.

-¡Por Dios Reinaldo! Vámonos… ¿que traes en la mano?

-Su comida.

-¿Y en la otra?

-Su bebida.

-¿Para que si no tengo hambre?

-Más rato la tendrá.

-¿Insinúas que tengo que esperarte más? Una cosa…

Y haciendo un raro movimiento de cabeza con gestos apresurados continua:

-Reinaldo, hace rato fui a comprar un brazo de reina al frente, estaba asqueroso, me quejaré con el propietario. ¿Lo podrías hacer por mí? Fíjese que ya me tengo que ir.

-Siéntese, espéreme; yo le hago el favor como lo hice con el carnicero, con el…. Con todos.

-No olvides el párroco, Reinaldo.

-Si, tranquila, no lo olvido. Siéntese y espere. Ahora vuelvo para que nos vayamos.

El hombre deja los recipientes sobre la mesa y las cartas que la mujer minutos antes le ha entregado para que le enviara a aquel vago destinatario. No trae  hojas ni lapicero, no quiere comprometerse con ella más de lo debido. “Aquí están las cartas que le mandaron, “Isménia”, señala; da la espalda y luego de cerrar la puerta dice:

-Mas de veinte años de secuestro y aún no se acostumbra.

                                                                                                                         Carlos Hoyos 

                                                                                                                       Licenciado en Literatura

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