Carlitos, así lo llamaban todos. El pobre no contaba más que con unos tendones que le permitían estar en pie, una mirada opaca y una actitud pusilánime. Nunca tuvo hijos, posiblemente inició un romance con una negra regordeta de alguno de los muchos Grilles ...

 que habían en su pueblo. Sus días se limitaron a cuidar de su madre, inválida desde la cintura para abajo, lo llamaba con una campanita o a gritos.

Sólo una vez se enamoró. Era una niña paralítica, cuyo rostro congelaba una sonrisa, era la única persona que lo escuchaba, no era muy charlador, pero al escuchar el silencio en su compañía, se atrevía a hablar de aves, perros y del sol poniente. Juanita era su vecina, su madre era lavandera, en algunas ocasiones se ocupaba de asear casas; Carlitos prometía cuidar de la pequeña. Ana no contaba con dinero suficiente para pagarle, él aceptaba hacer una buena obra.

Terminados los oficios caseros, Carlitos llegaba arrastrando su mirada, la sombra que hundía sus ojos, daban sensación de muerte; nunca reía, de los delgados labios sobresalían sus dientes disparejos. Nunca hubo señal de maldad en sus ojos, más bien era un tipo introvertido, algo silencioso. Juanita hablaba con su mirada, al menos eso era lo que él creía. Una tarde, expuso sus sentimientos, la besó, de sus labios salieron música, rosas de mar y poesía. Una corriente electrolizó todo su cuerpo. Se preguntó cómo pudo vivir sin ella tantos años.

La tía de Juanita enfermó, su madre única familiar, tuvo que viajar, la distancia era extrema. ¿Quién más que Carlitos podía cuidar a Juanita? ¿Quién podía hacerlo sin cobrar por el tiempo? Carlitos se olvidó de su madre aquel fin de semana. Se entregó todo a ella. Decidió ser, lo que a ella le faltaba, sus pies, manos, cuerpo, palabras. El sábado en la mañana, esperó bañar su cuerpo luego de darle el desayuno. Era una tierna flor, tímida y trémula se limitaba a observar. En el baño, lentamente la desvistió, besó sus manos, con susurro intentó en vano dar cuenta de su belleza, pasó las manos activando los sentidos. Besó sus labios con ternura y pasión. La cargó y llevó de nuevo a la cama. Un ser tan puro no necesitaba agua para lavar penas, así que decidió ducharse, oler bien para ella. De regreso encendió la desgastada grabadora, una canción suave y apasionada surgió. Era bella, la observó de tantos ángulos y se entrevió en su rostro tantas muecas. Lento se aceró llamándola amor. Besó sus labios y prometió amarla como no han logrado los poetas. Sus manos buscaron el sexo limitado. Los movimientos sutiles intentaban hacerla mujer; delicado regresaba siempre a sus ojos verdes, tan sinceros y expresivos. Nunca las palabras podrían contar los secretos de su mirada, él lo sabía y lo repetía como un padre nuestro.

Creyó que ambos disfrutaron de aquel primer encuentro, así que decidió continuar frecuentándola. Su madre no moría, pero Juanita ofrecía en su silencio, renacer. Transcurridos un par de días eligió no dudar, dejó a su madre en un hospital con todo lo que podía ser necesario, el dinero del seguro, documentos. Llegó antes que Ana saliera a ordenar la casa de los Arango. Mientras caminaba prometió cuidarla a la imagen de Ana, cuidar su sacro tesoro. Tomó de la casa lo que creyó necesitar: los medicamentos, ropa y la silla con ella. Decidió entregar su cuerpo y el de Juanita a la tarde vibrante, cada paso que lo acercaba al horizonte, reventaba uno a uno los eslabones de la pesada cadena impuesta por su madre. En la mirada de la pequeña, sólo se entreveía desconcierto.

                                                                                                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                                                     Eliana Morales Castillo

                                                                                                                                                                                                                   Estudiante de Literatura  Universidad del Valle

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