Estefanía GomezA Susan la conocí hace más o menos año y medio. Nos presentó una amiga en el café de la esquina. Después de esto, nos volvimos buenos amigos y en poco tiempo nos consolábamos, uno al otro en las noches insomnes.

 

Sin presentirlo, ni precisarlo, creamos una amistad extraña e inconstante. Sin esforzarme mucho y usando la misma estrategia de siempre, poco a poco fui cautivándola. Desde el primer momento sintió grande admiración por mi inteligencia y mi habilidad para la pintura, eso ayudó a que la tarea fuera más fácil.

Sin apoyarla mucho en el asunto, ella se fue enamorando. Nuestros encuentros ya no eran los de dos amigos, sin embargo no teníamos más título que ese, y sin lugar a dudas yo no pretendía nada más que su amor momentáneo, tener su compañía eventualmente, besarla de vez en cuando, destilar de su cuerpo y su ser todo lo que me fuera útil. No planeaba quererla, y mucho menos amarla, solo anhelaba cumplir con ella las demandas de la piel y llenar los vacíos que en instantes de melancolía emanaban de mis adentros.

En realidad, ella parecía ser muy ingenua, era sumamente tierna y transparente, nunca intentó ocultar sus defectos, ni su torpeza para relacionarse, mucho menos lo que sentía por mí. Por el contrario se empeñó en hacerme saber a diario, lo importante que era para ella y la magnitud de su cariño. Yo me sentía abrumado con la situación, en ese momento no quería hacer más con ella que lo que hacía con las demás, adueñarme de sus corazones por un rato, para luego desecharlos y dar la espalda a sus miradas.

Ahora que tengo unos minutos para meditarlo, me doy cuenta de lo gañan que fui, puedo dimensionar el peso de los días vividos con Susan, e imagino lo destrozada que estaba por dentro, mientras yo hacía con sus confesiones de amor, una bola de lana para dársela a mis gatos mentales. Ahora que mi vida se apaga, puedo imaginar las muchas veces, que con angustia esperó una llamada mía, la tristeza que pudo sentir cuando sin motivo alguno desaparecía por días y la espera infinita de unas reglas para querernos, de unos límites que yo nunca me tomé el trabajo de trazar.

Pero ahora, tendido, inmóvil, lo que realmente me consume, es la curiosidad. No sé con precisión cómo se enteró de las múltiples aventuras que entretejía, mientras le encandilaba el corazón con mis palabras de poeta calcinado. No sé cómo desmantelo mi cortina de humo, esa que me hacía lucir como un amante errante en busca de un regazo cálido, la que me dio la apariencia de un tierno, sutil e inocente hombre, la que la fascinó y la llevó al punto de amarme y saberse mía.

Entre tanto, la sangre arde, a tientas puedo recordar las últimas veces que la vi, tan fresca como siempre, tan pequeña y enorme a la vez. Con su carácter de mujer protectora, su inigualable forma de ser una molestia, cuando se lo proponía, y la mágica forma de salvarme de la soledad cuando ni siquiera intentaba acompañarme.

Es inverosímil que ahora me haya hecho presa de su ira y su impotencia. Pero acepto mi responsabilidad, la desarmé, la usé y ahora la quiero como no imagine hacerlo. Pero ya no soy su dueño, es más no soy dueño de mí mismo y el tiempo se me termina, la existencia se me agota.

Mis demonios se hacen presentes, en los últimos vestigios de mi vida. Susan, después de ser la inocente e ingenua antagonista de esta corta historia, se ha convertido en mi verdugo, me aniquiló de todas las maneras posibles, me asesino.

Lo que ahora me es incierto, es el tiempo que uso para maquinar su escape, cuantos días gasto cambiando amor por odio, angustia por valor e ilusión por veneno.

Agonizo dolorosamente. La miro y tiemblo, me ahogo, alucino, pero soy consciente del daño que le hice. Sé que se cansó de imaginar, de esperar, de perderse en abrazos ajenos y de probar mis labios con sabor a muchas. Y a pesar de mi culpabilidad en este crimen, no justifico sus acciones, no le encuentro lógica a su elección, me opongo a su decisión y le reprocho que me haya dejado sin aliento. La desconozco, la miro, mientras mis ojos se cierran y me parece irreal e inalcanzable, ajena e incierta.

¿Por qué no aniquile mis miedos, cuando empecé a quererla?, ¿Por qué no le dije a tiempo que era única, que sus caricias me daban paz, que a su lado me sentía tranquilo y fugaz?. ¿Por qué no deseche mi inútil deseo de huirle al amor? ¿Por qué no aproveche los días para conocerla, para acomodarme en los rincones que me abrió sin reparo?

Me desvanezco despacito, mis latidos ya son casi imperceptibles, la odio en este instante, por no permitirme el placer de su cuerpo, por no esperarme un poco más para acceder a su amor sin límites, ni ataduras, ni condiciones. La aborrezco por dejarme aquí tirado, mientras me ahogo en suspiros y pensamientos inútiles. El veneno es letal como ella, y corta mi pulso sin más preámbulo.

La muerte me ha alcanzado, Susan la llevo hasta mi cuerpo, la disfrazo de dulce bebida y yo enajenado por su mirada la bebí, hasta la última gota.

 

Estefanía Gomez
Estudiante de Literatura

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